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Recientemente tuvimos sin duda, una noche memorable. El jueves diecinueve de noviembre se estrenó en el Teatro Memorias de la capital hondureña la obra Strip Tease, del dramaturgo, dibujante, periodista y escritor polaco Slawomir Mrozek , adaptación del director hondureño Tito Ochoa, basada en una traducción libre del checo, realizada por el mismo director. Tito explicó en la apertura, que esta era una obra del teatro del absurdo, que nos lleva a los extremos del arte dramático. Después de éste, no hay nada. También contó que esta fue una obra que hace más de veinticinco años habían montado con José Luis Recinos, sin percatarse entonces de su enorme trascendencia. A su vez, se convirtió en su trabajo de graduación en la Escuela de las Musas de Praga, República Checa -donde finalizaba sus estudios de dirección teatral- invirtiendo para el montaje aproximadamente un año entero. 
 
La obra es una magistral pieza de denuncia contra los abusos del poder absoluto. Ese poder que es omnipresente y controlador. Ese poder que aplasta y sofoca. Un poder que no tiene límites y que descarga contra los que se atreven a oponérsele, toda su violencia y su cólera. El debate entre la sobrevivencia del secuestrado y la capitulación de sus ideales y principios constituye la línea argumentativa central. Y es que en este mundo del horror maximizado, ¿Quién es capaz de tirar la primera piedra contra aquellos que, en la cámara de tortura, al borde del limite de su resistencia, se quebraron? 
 
En el otro extremo ¿Y qué con aquellos que fueron durísimos en sus posiciones políticas e ideológicas y terminaron sirviendo a los verdugos de sus hermanos? A propósito, volví a repasar mentalmente El Monólogo de Roque Dalton con José González. Sentí en carne viva los piquetazos de las hormigas poblando mis rodillas. Su vida fue ejemplar. Fue un intransigente crítico del poder cimentado sobre la represión insana de cualquier disidencia y de la imposición de modelos que carecieran de la necesaria crítica y autocrítica, métodos de extendida práctica en los círculos políticos revolucionarios de aquellos tiempos. Nunca le importó el costo personal o político que debía asumir, incluso su vida, la que finalmente ofrendó, fiel a su desenfadada y permanente irreverencia y a su humanismo a toda prueba. Los que halaron el gatillo, hoy muestran lo que realmente fueron. La historia finalmente absolvió a Roque y nos sigue dando lecciones sobre el humanismo y la política que no debemos soslayar.  
 
Quienes vivimos y sufrimos en carne propia los embates del militarismo exacerbado y brutal de la década de los ochenta, fuimos transportados de la mano atrás en el tiempo a través del rictus casi mortis que, en genial representación y elevado performance hicieron Jean Navarro y José Luis Recinos. El primero, talentoso joven teatrero, promesa del arte nacional y, el segundo, conocido maestro de la Escuela Nacional de Arte Dramático quien ya nos tiene acostumbrados a su profesional caracterización de los personajes.
 
Al inicio, la primera impresión la recibe uno con la sobria y excelente escenografía. Una representación finamente esbozada -trágica y sórdida- de las ergástulas del régimen militar de entonces. Los disparos en paredes y las puertas descarnadas, las manchas de sangre, los rostros del horror, el alambre de púas, sólo nos sugieren la política del terror en su más dramática expresión. La niebla, el alambre de púas, los gritos y lamentos, nos transportan con Blades a la larga noche de la represión y la dictadura, pero también a la moda del desinterés y la apatía que la hacen trascender. A pesar que el contexto en que Mrozek desarrolló la genial obra difiere un poco de las motivaciones actuales en nuestro país, el poder -no importa en que lado del espectro político se encuentre- tiene formas tan coincidentes de hacerse sentir, especialmente con aquellos que no le rinden pleitesía y osan oponérsele. 
 
Al transcurrir la obra se va develando la trama que nos hace comprender que en el conflicto humano de la política y el poder, aquellos quienes creen estar al margen y a salvo del terror, que desde el poder se impone, no son más que ilusos. Brecht nos enseñó ya hace mucho tiempo lo que Mrozek vino a subrayar: a los indiferentes también les puede llegar su turno. Lamentablemente cuando toman conciencia, es demasiado tarde. No es dando la espalda a las tragedias que el poder promueve que podemos librarnos de ellas, todo lo contrario.
 
El horror de la cárcel, la soledad del condenado y la cruda realidad de la tortura, empujan a los secuestrados a los abismos de la demencia. El performance nos lleva de la mano de la realidad a la fantasía, del dolor a la risa, de la manipulación al convencimiento del costo de la verdad. De los límites del dolor, a la etérea inconciencia. Realidad y fantasía se entrecruzan en un fino entramado matizado por las luces, la niebla y las geniales armonías de Vollenweider. Los espasmos del tormento son presagio de la belleza del escape mental. Sólo éste es capaz de librarnos en esa trágica situación. Quienes sufrieron el horror de las cámaras de tortura conocen los límites del sufrimiento perpetrado por el poder y sus secuelas. Unas pocas los superaron, otros continúan debatiéndose en espantosas y largas noches, asistiendo puntualmente a la cita con la muerte recargada. Cuarenta años después, el poder sigue torturando a quienes se atrevieron a disentir. 
 
Strip Tease nos muestra esta aterradora pero objetiva realidad. Aunque podemos dejarnos llevar por la ilusión de las tablas y los personajes, nos advierte que a pesar que para algunos puede parecer una caricatura de aquel terror que Mrozek delineó magistralmente hace tantos años, hay indicios sobrados de que, más allá del delirio y las apariencias, el poder actual se está constituyendo en un régimen peligroso y brutal. Nos toca a nosotros considerar las advertencias y actuar en consecuencia.   
 
Tito Ochoa ha realizado una magistral dirección de esta obra tan difícil. Constatamos además que sin ningún apoyo oficial -las dictaduras no optan por el arte- mes tras mes, el Teatro Memorias, ha venido construyendo pacientemente una “cultura teatral” en nuestro país. Considerando el nulo apoyo estatal a cualquier cosa que huela a cultura de verdad, liberadora, construir una sala, crear cultura teatral, generar un público consistente y salir avante, es una versión catracha de Don Quijote. Tito Ochoa y el elenco del teatro Memorias, sigue adelante, pese a todas las apuestas en su contra. 
 
Nos queda darles las gracias por esta hermosa puesta en escena. Por recordarnos y hacernos conscientes de que el arte y la cultura están en el más alto peldaño, que constituyen el mejor ejemplo y la fuerza de nuestra humanidad. Son nuestro mejor argumento y pueden salvarnos del abismo insondable del crimen y la barbarie que desde el poder, hoy nos proponen como futuro.