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Por: Víctor Manuel Ramos*
 
En muchos negocios de Honduras en donde hay venta de revistas, periódicos o libros, sus dueños o gerentes han puesto un rótulo abominable en el cual se advierte a los clientes que es prohibido leer. En Fincas del Carmen, en el mostrador de los libros hay un aviso que dice: “Prohibido leer los libros”. Yo estaba interesado en comprar uno de esos libros pero como de nada me servía adquirirlo, pues si se prohíbe leerlo no tenía sentido comprarlo, desistí. Como reclamé la dueña enmendó y puso: “Pagar los libros antes de leerlos”.  Ahí mismo, en ese popular negocio por la venta de chicharrones y no de material de lectura, un guardia empistolado me increpó porque estaba hojeando el diario Tiempo. Miraba si habían publicado uno de mis artículos. El guardia me advirtió, de no muy buen modo y mostrando la prepotencia que les da el tener un arma, para que dejara de leer, que si quería leer debía pagar. El mismo incidente me ocurrió en el Supermercado El Corral de Siguatepeque, de donde soy asiduo cliente; me puse a hojear y ver los titulares del periódico El Heraldo y de inmediato se colocó a mi lado el guardia armado con pistola y tolete para ordenarme que dejara de leer el periódico, que si necesitaba lo debía comprarlo, que esa era la política de la empresa. Yo le argumenté acerca de lo impertinente que era su intervención, pero no hubo argumento que lo convenciera y frente a la posibilidad de que me agrediera me retiré del puesto en donde exhiben a El Heraldo, diario con el cual yo he colaborado con mis artículos y también como jurado de sus concursos.  Esto mismo me pasó en la librería de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras: mientras hojeaba el periódico Le Monde, el guardia, igualmente armado (¡justo en la Universidad!), me ordenó dejar de leer y yo me retiré sin comprar, a pesar del interés que tenía por la publicación (No sé si esa es también política de la UNAH como institución). Similares incidentes me han ocurrido en otros lugares, aquí en Honduras. A esto hay que agregar la música deformante y horripilante que divulgan sin que se atrevan a pasar un fragmento de música clásica, una obra de Mozart o de Beethoven.
 
Yo he visitado muchísimas librerías y puestos de revistas y periódicos en varios países del mundo en donde he podido hojear y leer los libros y los periódicos; en ninguno de esos sitios recibí la reprimenda que se hace en Honduras. Hace poco leí en la prensa que en Rumanía no les cobran a las personas el pasaje, siempre y cuando lean durante el viaje en los trenes. En varias librerías de Europa uno puede sentarse a leer un libro o a hojear una revista: eso hacían muchos que visitaban la Librería BOOK Store en Tegucigalpa, en donde también se podía saborear un café mientras se leía y conversaba cómodamente sentado; Tampoco en Granja D’Elia de Siguatepeque hacen esas amenazas. En las tiendas de libros de los Aeropuertos del mundo pasa lo mismo, nadie le interrumpe a uno por estar leyendo u hojeando un libro o revista. En Taipei, capital de Taiwán, con un alto nivel cultural, las librerías, que funcionan 24 horas, están llenas de lectores que se acomodan en poltronas que se han puesto para comodidad de los clientes. Eso hice en la librería Sambors en Panamá, en las librerías de México, en las librerías de Buenos Aires; en las librerías de Washington, de Nueva York, de Caracas y de Bogotá: leí y luego compré. En los puestos de revistas y periódicos y en las librerías de París o de Madrid y, más cercanas aún, en las librerías de Guatemala, de San José y de Managua no acosan con esta impertinencia propia de la atrasada Honduras.
 
Pues bien, cuento esto porque en Honduras, y en cualquier país, resulta inadmisible que se prohíba leer. Por el contrario, la UNESCO u la UNICEF invitan a leer. Pero en Honduras, en donde la criminalidad, la delincuencia, la corrupción gubernamental y la pobre conciencia política de los ciudadanos, que todos los analistas opinan coincidentemente se debe, fundamentalmente, a la falta de educación de nuestro pueblo y a la mala formación escolar que reciben los niños hondureños, que nuestros comerciantes pongan trabas a la lectura es realmente inconcebible y solo nos retrata como inconsecuentes con una actividad que lo único que trae es beneficio al progreso del país y por tanto a las posibilidades de que esos negocios mejoren sus ingresos y vendan más periódicos, revistas y libros. Pero lo más reprochables es que esos negocios no pierden nada, ni un centavo con que el diario o la revista no se venda porque el periódico que no se vende es recogido por la empresa editora al día siguiente, y lo mismo pasa con las revistas que la compañía distribuidora recoge y las repone por los números en circulación. Hace unos meses la National Geographic, una revista muy educativa, no circula en Honduras porque el gobierno le ha cargado con impuestos exagerados a pesar de que la ley dice que los libros, revistas y periódicos están exentos. Esa revista dejó de circular en Honduras justo con el número en que se publicó un reportaje sobre la Ciudad Blanca, por lo que no la pudimos leer. En todo caso, las empresas ganan si alguien lee porque eso aumenta la cultura del pueblo y cuando tengamos la suficiente educación no serán necesarios los ogros que vigilan, escopeta o pistola en mano, los negocios de Honduras y, como consecuencia, tendrán que pagar un salario menos, y estos jóvenes buscarán una ocupación más productiva, terminarán las extorsiones, los asesinatos, los robos. Aquí es bueno recordar que en Dinamarca las casas no tienen llaves en sus puertas, que los autos no les ponen seguros, que a las bicicletas no las encadenan y que nadie se roba nada. Por supuesto no hay guardias armados en ningún negocio intimidando a los clientes.
 
Los escritores, para vender sus libros, ahora deben ser comerciantes individuales o tener un registro tributario porque de otra manera las librerías no nos pagan por nuestras creaciones. En Honduras los libros (la importación de libros, periódicos y revistas; la importación de papel, tinta y maquinaria; la impresión y la venta) no deben pagar impuestos según la ley. Pero el gobierno ignora la ley, que resulta ser obligatoria solo para los de a pie…
 
Por otra parte, estoy seguro que El Heraldo, La Prensa o La Tribuna, los diarios de Honduras,  estarán contentos de que les lean, ya sea en el ejemplar comprado o en el que se exhibe en los negocios de Hondura algún lector, porque al incentivar la lectura están propiciando que haya más ventas de sus ediciones y más divulgación a la propaganda de sus clientes, que es realmente la que sostiene la economía de los periódicos y revistas. Porque la vida de las publicaciones la dan los lectores.
 
*Escritor, Medíco y Docente universitario.